La ciudad sin nombre

Camino por la ciudad sin nombre, es medianoche, somos pocos los valientes que nos atrevemos a caminar a altas horas de la noche, un libro bajo el brazo, El guardián entre el centeno de Salinger, mi Marlboro rojo en la mano y en la otra mano una bolsa con cosas que compre en el super por la tarde, alerta a cualquier movimiento, tiro la colilla de cigarro, busco rápidamente una canción en el reproductor, Sex-tape de Deftones empieza a sonar en los audífonos, saco otro cigarro, lo coloco en mi boca sin encenderlo, volteo para ver si alguien me sigue, nadie, avanzo un poco más rápido.

“The sound of the waves collide.” 

Chino Moreno canta suavemente, llego al pórtico y subo las gradas, toco la puerta, no hay respuesta, busco mi teléfono, contactos, llamando. Una pequeña platica y al cabo de dos minutos se encienden las luces del apartamento, se abre la puerta, me invita a pasar, dejo la bolsa en la mesa, busco un vinilo y me siento en el sofá, ella en la cocina prepara una taza de café, abro mi libro y leo unas cuantas hojas en lo que ella vuelve, me lleva el café caliente, lo coloco en la mesa de centro y espero que se enfríe, me pregunta por mi día, lo único en lo que puedo pensar es el lo mucho que la extrañe y que en la ciudad sin nombre sobrevivir a la violencia y estar seguro en casa con ella es algo digno de contar.

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