Noche

Y el miedo ya no estaba, me acerqué lentamente como una fiera a su presa, un poco de coqueteo previo, una mirada, una sonrisa y lo supe.
Me robé su sonrisa, con uno de esos besos que te roban el aire, que te dejan con ganas de más, probé el dulce néctar de sus labios y entonces me di cuenta de que no era como lo había pensado; ella me tenía a mi, a su merced, esperando el momento apropiado para atacar.  Y me deje, porque los dos queríamos lo mismo. Nuestras bocas se juntaron una, dos, muchas veces y cada vez quería más.
La tomé entre mis brazos y terminamos la noche, abrazados, sabiendo que todo iba a estar bien.

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